A papá mono con bananas verdes

Lleva mucho tiempo llegar a ser joven.Pablo Picasso

Dedicado a Agustina, Guadalupe, Sofia, Agustin y Adro, por romperme las pelotas cada quince días.

Hace algunos añitos, cuando era un pendejito de 11 años, vivía en el sur de nuestro país, en el medio del campo, sin nada de metáfora en esto de “en el medio del campo”. No luz, no agua corriente, qué es el gas…

Quizás ése era el motivo para que leyera como nunca volví a hacerlo en el resto de mi vida y para que dejara volar mi imaginación como aún hoy hago.

Y fue en esos devaneos de mi muy joven cabecita, que llegué a teorizar acerca de qué pasaría si el tiempo pudiera controlarse y dividirse…

Pavada de Revolución Industrial, no? Agarro un vaso, lo dejo quietito durante un minuto, divido el tiempo en segundos y yatá, tengo sesenta vasos.

Un disparate absoluto. Pero interesante de escuchar. O al menos eso creí…

Y así fue cómo a la hora de la cena –a la luz de un farol a gas con unas cuantas polillas revoloteando a su alrededor que oficiaba de centro de mesa– lancé mi postulado con cierto orgullo.

Kali, el segundo marido de mi madre, era un hombre realmente bueno, pero quizá un poco básico. Tal vez por eso, en lugar de entusiasmarse con mi planteo, sólo se limitó a cuestionar la clase de boludeces en las que yo gastaba mi tiempo. Por lo que –absolutamente ofendido por su comentario– dí por acabada mi disertación sobre el tiempo y sus aplicaciones en mi matemática teoría, terminé mi cena en silencio y me fui a la cama, a seguir pensando en mis pelotudeces…

Desde hace poco tiempo, en algo que casi empieza a ser una nueva tradición familiar, cada tanto cocino alguna comidita pretenciosa y reúno en casa a un grupete de ignorantes de la vida, a saber: Mis hijas ADN, la del corazón, el desgraciado del novio de mi hija menor y el que soporta la invasión en su casa de mi hija mayor.

Éste es el plantel base. A veces tengo que soportar a algún que otro imberbe más, como mi sobrino u otro amigo más de mi hijita mayor, pero hoy escribo sobre la experiencia vivida –hace sólo unos días– con este plantel base que acabo de mencionar.

Hay que ver cuán poco saben estos pibes de la vida. Cuántas cosas plantean, creen, defienden… en fin, hay que ver en la clase de boludeces en las que gastan su joven tiempo…

Disertan –como si algo supieran– sobre Uber, la tecnología, curiosidades zoológicas, verdades médicas y usos y costumbres de nuestra sociedad actual.

Y hasta arriesgan posturas filosóficas sobre cuestiones de la vida cotidiana…

Y –la verdad– no puedo con mi genio. Y entonces los cuestiono, los interpelo, casi los acoso con razonamientos complejos a los que accedí a lo largo de estos años. Abuso de mi experiencia de vida, me armo de todo lo que he leído y aprendido con el tiempo y les doy para que tengan y guarden.
Y no se puede creer el descaro con que discuten, la pasión con que defienden sus inocentes argumentos, el ímpetu con el que quieren convencerme de sus ridículas ideas…

Es sorprendente con qué garra plantean sus erróneos postulados, con qué irritante insistencia se permiten el lujo de cuestionarme, a mí, al maestro.

Al papá mono con experiencia de vida, con calle caminada, con el saber que sólo dan los años… cómo se atreven! Pendejos irrespetuosos que se creen con el derecho a discutirme, a decirme que estoy equivocado, a enrostrarme sus argumentos…

Pero lo más llamativo, y quizás el único motivo por el cual les permito tamaña insolencia de su parte, es que es realmente increíble cuánto aprendo de ellos, de estos irritantes, inexpertos y rompepelotas monitos que gastan su tiempo en pelotudeces.

Quizá sea el momento de que nosotros –los papás monos– empecemos a escuchar a estos simios, y tal vez,

quién te dice,

estemos a tiempo de aprender algo…

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