A mí no me chistes

La ironía y el sarcasmo son los condimentos con los que digiero la vidaEl autor

–Boludo, qué situación de mierda… –me dijo un amigo viendo el panorama general de mi vida en ese momento.
–Por qué? Soy un afortunado. Voy de mi casa al trabajo y del trabajo a mi casa sin gastar un mango en colectivo –le contesté, a dos meses de haberme separado de la madre de mis hijas y haberme ido a vivir a mi oficina, en la cual sólo tenía un colchón de una plaza por todo concepto “hogar” que ni siquiera era mío…

–Pa, donde guardo esto? –me preguntó mi hija.
–Ni idea. Eso lo maneja Judy. Ahora cuando llegue le preguntás a ella… ah… cierto… –contesté.
Hacía 15 días que estaba separado de la que fue mi segunda mujer. Sólo quince días. En pleno duelo. Triste. Con pilas de momentos en los que se me caían lágrimas sin que nada pudiera hacer para detenerlas y en ese momento (“too soon” [demasiado pronto], como dicen mis hijas) ya estaba ironizando con mi situación.

–Qué vas a hacer con la copa de vino que compraste para Georgina? –me preguntó con cara de circunstancia una amiga.
–La voy a sentar en el banco de suplentes para cuando la mía se lesione de tanto que la estoy usando para olvidarla –contesté.
Hacía dos días que la ilusión de cualquier cosa que creciera se había estrellado con la decisión de ella de dejarme.

Todos, en cada una de estas oportunidades –mi amigo, mi hija y mi amiga– menearon la cabeza como diciendo “No es posible que hagas chistes con esto”. Meneo al cual todas las veces respondí:
–Con virtualmente todo se puede hacer chistes. Es más, DEBE hacerse.

Hago chistes con casi todo: el hambre, la corrupción, el machismo, el feminismo, el fanatismo, la guerra, la xenofobia, el racismo… Y también con mi edad, mi lado tonto, mis desgracias, mis miserias. Hasta con mi culo, como habrán leído los que siguen mis “Miércoles de reflexión”.

Alguien cree que me paso por las bolas alguno de estos temas? Que no me importan la violencia, las guerras, el hambre y todos los males que nos supimos conseguir?

Alguien cree que siempre estoy en sintonía con algunas de las consecuencias de mi edad, mi lado tonto, mis desgracias o mis miserias como ser humano?

Me angustia el hambre en el mundo, me enoja la corrupción, peleo contra el machismo tanto como con el fanatismo, detesto la guerra y me dan asco la xenofobia y el racismo.

Me joden algunas cosas de mi edad, me preocupa cuánto me expone mi lado tonto, no disfruto para nada mis desgracias y me peleo todo el tiempo con mis propias miserias.

Y por eso, justamente por eso, hago chistes con todas esas cosas.

“Y quién dijo que necesitamos “que nos hagan felices”??? Sigue siendo un chiste machista y estúpido”, comentó una mujer en un post en Facebook.

“Aflojá un poco… es un miserable chiste. Mañana podríamos hacer uno con un pizarrón con tres pelotudeces diciendo que eso es todo lo que se necesita para hacer feliz a un hombre porque somos básicos” fue mi comentario en respuesta al de esta mujer.

El chiste era una imagen parecida a la que acompaña esta nota con el siguiente epígrafe: “Esta es la fórmula para hacer feliz a una mujer”. Y cuando busqué ese chiste para ilustrar esta nota, me encontré con la misma frase y solté una carcajada cuando leí un agregado al pie que decía: “por tres minutos”.

Cero denigración. Hincapié en lo complejas que nos resultan las mujeres a nosotros los varoncitos. Nada más. Un chiste estúpido? Puede ser. Yo me reí, pero puede que tenga poca gracia para otros. O nada de gracia, porque no es nuevo. Pero machista? No, machista no es. Porque habla de diferencias, sin menospreciar a nadie.

Pero el punto más interesante es que si lo fuera, igual valdría el chiste.

Porque cuanta más tensión genere un tema, más chistes deben hacerse.

Porque el humor sana, cura, distiende, libera, sublima. El humor hace posible convivir con esas cosas que serían indigeribles si no existiera.

De ninguna manera el humor se contradice con pensar las cosas en serio. Todo lo contrario. Porque esas cosas existen. Y mientras trabajamos para erradicarlas persiguiendo la utopía de un mundo perfecto, hay que poder soportarlas. Para poder pensar con claridad. Para no vivir con los dientes apretados.

Yo no dejé de padecer el colchón en el piso, ni el desgarro de mi separación de Judy ni el fin de una ilusión que duró nada con Georgina. Pero todos esos momentos de mi vida se me hicieron más llevaderos. Con cada chiste pelotudo que hacía duelaba mejor, aceptaba mi realidad mejor, sanaba mejor mi herida.

Muchos “Miércoles de reflexión” en los que todos nos reímos esconden heridas, dolor, decepciones… que curo haciendo chistes. Hasta el ardor de mi trasero es menos cuando hago chistes de las consecuencias de haber viajado a un país en el que no hay bidets.

Hay pilas de batallas, sociales y personales, que uno libra durante la vida.

Algunas se ganan, otras se pierden.

Algunas otras sólo se luchan sabiendo que son eternas, como lo escuché decir alguna vez a Galeano.

Pero si perdemos el humor, si dejamos de hacer chistes, si descartamos la ironía y el sarcasmo, entonces estamos jodidos.

Porque ya no será una batalla la que nos toque perder de vez en cuando.

Si perdemos el humor,

habremos perdido la guerra…

 

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